EL PRECIO DE NO HACER NADA

¿Cuántas veces optamos por no hacer nada? No posicionarnos, no actuar, dejar que las cosas pasen. Lo vivimos como algo neutro, casi como un refugio: si no hago nada, soy invisible.

La sabiduría popular lo tiene claro: más vale prevenir que curar. Sin embargo, en nuestras cuentas prevenir no figura en el capítulo de las inversiones, sino en el de los gastos. La mirada corta entiende la prevención como un coste que me resta capacidad de gestión y me quita recursos para aquello que de verdad quiero hacer. Con esa lógica se explica el abandono del cuidado de los suelos y lo mismo ocurre con educar en el consumo responsable, enseñar a pensar, cuidar nuestra alimentación o instalar unas ventanas que eviten las fugas de calor.

Hay, además, una trampa añadida: quien previene paga, pero el ahorro casi nunca vuelve a su cuenta. Lo recoge otro presupuesto, otra área, otra administración. ¿Quién va a invertir en algo cuyo retorno se lo lleva el vecino?

En la misma línea, preferimos mitigar consecuencias antes que actuar sobre las causas. Si una persona tiene hambre, le llevamos un bocadillo para que no muera. Mañana vuelve a estar sin comida y volvemos con otro bocadillo. Y así un día tras otro, hasta que acabamos montando una próspera fábrica de bocadillos. Cubrir la consecuencia es, en un primer momento, éticamente incuestionable. Perpetuarla es un engaño a la sociedad y una sangría de recursos hacia una actividad que debería desaparecer. Trabajar sobre la causa permitirá a esa persona hacerse su propio bocadillo, con lo que le dé la gana y como más le guste. O no hacérselo, porque prefiere una buena olla de cocido.

No hacer nada tiene costes ingentes que nadie mide. Prevenir los reduce de forma espectacular, y tampoco se mide. Actuar sobre las causas elimina el gasto para siempre, resolviendo lo que nunca debió existir, y vuelve a no medirse.

¿Por qué, entonces, no trabajamos en estos ámbitos que generan beneficios financieros, sociales y ambientales de semejante magnitud?

Si a esta mirada le sumamos otro cambio, dejar de trabajar para justificar lo que hacemos y empezar a trabajar por los resultados, todo se vuelve más sencillo. Tener a muchas personas atendidas con nuestros bocadillos no es un buen resultado. Al contrario: es nefasto, porque significa que hay muchas personas que no pueden hacerse el suyo. Cuando ponemos el foco en los resultados, nuestro esfuerzo se dirige a un propósito superior, el del buen vivir. Y solo entonces estamos preparadas para hablar de eficiencia: lograr el mayor impacto con los menores recursos, reduciendo al máximo todos los costes que genera nuestra actividad, no solo los financieros.

Pero no hablo de una eficiencia encerrada en una acción individual, sino de una eficiencia holística: la del territorio gestionando en común la consecución de un propósito. Prevenir es más eficiente porque no estoy gastando, estoy invirtiendo en que ciertos problemas no lleguen a existir. Actuar es mucho más eficiente que no hacer nada y dejar que el deterioro crezca hasta volverse insostenible; pensemos en el cambio climático o en la pérdida de biodiversidad. Y atacar las causas es una de las gestiones más eficientes posibles, en una empresa, en una entidad social, en una administración pública o en tu casa. Una eficiencia colectiva, responsable y pensada.

Hace falta una herramienta que reconozca los resultados y los mida desde esa eficiencia colectiva. Que genere recursos para la prevención y para la eliminación de las causas. Que invite a actuar desde la comprensión del beneficio que aporta. Que incorpore todos los valores económicos, no solo los financieros. Que haga llegar recursos a quien aporta valor ecosocial, igual que hoy se los hace llegar a quien aporta valor financiero.

Una herramienta que tendrá que abrirse paso en un sistema que no la pensó, que no la espera y que no está preparado para sostenerla. Pero cuyo beneficio es incuestionable, y que ya cuenta con personas e ideas que la respaldan y la están construyendo para ponerla al servicio de todas.

¿Nos ayudas a ponerla en marcha?

No hacer nada no te hace invisible. Te convierte en parte de un coste que pagamos todas.

Raúl Contreras

NITTÚA

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